sábado, 26 de febrero de 2011

El terremoto que dio origen a la procesión del Cristo de Mayo




*Te presentamos a continuación la versión de Diego Barros Arana en torno a los hechos acaecidos en 1647, cuyo resultado final, además de la destrucción de Santiago, fue la procesión del Cristo de Mayo.

Crónica


     En medio de las graves preocupaciones creadas por estos acontecimientos, un espantoso cataclismo vino a sumir a todo el reino en la mayor consternación. En el siglo completo que iba corrido, desde que los españoles estaban asentados en este país, se habían hecho sentir frecuentes temblores de tierra más o menos intensos, algunos de los cuales habían causado grandes estragos en Concepción (1570) y en Valdivia (1575); pero la ciudad de Santiago no había experimentado daños de esa naturaleza, y sus vecinos debían creerse, en parte, a lo menos, libres de ellos. Sin embargo, al amanecer del domingo 6 de septiembre de 1643, la ciudad experimentó una violenta sacudida de tierra, que sembró el terror entre sus pobladores y que pudo considerarse precursora de la catástrofe de 1647 de que vamos a hablar.
 
     El lunes 13 de mayo de este último año, a las diez y media de la noche, sin que precediese ruido alguno, un repentino remezón, que se prolongó durante algunos minutos, sacudió la tierra con una violencia extraordinaria, conmovió todos los edificios, y en pocos instantes derribaba con un estruendo aterrador los templos y las casas, formando por todas partes montones de ruinas.
 
 
     El derrumbe de las torres, la caída repentina de las paredes, el crujir de las enmaderaciones que se abrían, el estrépito causado por los grandes peñascos que, desprendiéndose del cerro de Santa Lucía, se precipitaban con una fuerza irresistible por las calles vecinas, acallaban las voces de los hombres y hacían más pavoroso aquel cuadro de horror y de desolación. Sólo las personas que pudieron salir de sus habitaciones en los primeros momentos, habían hallado su salvación en las calles o en los huertos de las casas; pero entre las ruinas quedaban sepultados millares de individuos, muertos unos, heridos y estropeados los otros, lanzando estos últimos gritos desgarradores para pedir socorro o para implorar del cielo el perdón de sus culpas.
 
 
     Calmado el primer momento de terror, y en medio de la angustia producida por tan espantosa catástrofe, cada cual pensó en sacar de los hacinamientos de escombros y de maderos a las personas que les eran queridas, y cuyas voces creían percibir en los lamentos desesperados que se oían por todas partes. Pero esta obra ofrecía las mayores dificultades. La tierra continuaba estremeciéndose de tiempo en tiempo; y estas sacudidas, aunque más cortas que la primera conmoción, eran no menos violentas y producían el derrumbe de las paredes desplomadas que habían quedado en pie. La oscuridad, por otra parte, era absoluta. La Luna, que apenas había pasado de su primera cuadratura, habría alumbrado esa noche hasta cerca de la una; pero su luz, amortiguada por espesos nubarrones que entoldaban la atmósfera, se hacía más imperceptible todavía por las nubes de polvo que se desprendían de los escombros. Sin embargo, trabajando con un afán heroico, a la luz de linternas y de antorchas, fue posible salvar de una muerte inevitable a algunos centenares de individuos que permanecían sepultados vivos entre los montones de ruinas. De este número fue el obispo de Santiago don fray Gaspar de Villarroel, que salvado por su servidumbre, con tres pequeñas heridas en la cabeza, pasó a desempeñar un papel muy importante en aquellos días de aflicción y de prueba para los desgraciados habitantes de la arruinada ciudad.
 
     La angustia de las gentes, causada por la destrucción de sus casas y por la muerte de tantas personas queridas, se aumentaba con la repetición de los temblores que hacían presumir una catástrofe todavía mayor que costaría la vida a todos los habitantes. La plaza se había llenado de gente que en medio de la crisis del terror y de la devoción, llamaba a gritos a los sacerdotes para confesar sus culpas y prepararse a morir. El Obispo colocó en la plaza cuarenta o cincuenta confesores entre clérigos y frailes, repartió otros en las calles para socorrer a los enfermos y heridos, y se contrajo él mismo al ejercicio de los más fervientes actos religiosos esperando calmar con ellos la fuerza de los temblores que seguían repitiéndose. Ayudado por los oidores de la Real Audiencia, levantó un altar en la plaza, hizo llevar allí en una caja de plata las hostias consagradas que pudieron extraerse del destruido templo de la Merced, y con la vista de ellas trató de confortar a los atribulados habitantes de la ciudad. Los frailes de los conventos, por su parte, apelaron a otros devotos ejercicios para aplacar las iras del cielo. Los de San Francisco, cuya iglesia fue el edificio mejor salvado de la capital, si bien perdió su torre derrumbada por el primer temblor, sacaron en procesión la imagen de la Virgen del Socorro, que desde el tiempo de Pedro de Valdivia era reconocida como patrona de la ciudad, y se dirigieron a la plaza. «Vinieron azotándose dos religiosos, dice el obispo Villarroel, y de ellos un lego haciendo actos de contricción con tanto espíritu y tan bien formado, que yo, como aprendiz en las escuelas de la devoción iba repitiendo lo que decía él». Los padres de San Agustín hallaron entre las ruinas de su iglesia un crucifijo de pobre escultura que había quedado intacto, si bien la corona de espinas que tenía en la cabeza había caído a la garganta. Creyendo reconocer en estos accidentes un milagro incuestionable, ese crucifijo fue también sacado en procesión y llevado a la plaza, «viniendo descalzos el Obispo y los religiosos, con grandes clamores, con muchas lágrimas y universales gemidos». 
 
 
     Estos actos de indiscreta devoción, con que se pretendía demostrar que aquel cataclismo era un justo castigo del cielo por los pecados de los habitantes de Santiago, no hacían más que aumentar la consternación y el terror. El pueblo aguardaba por momentos un nuevo y más terrible cataclismo que consumara el castigo inevitable de que se le hablaba, y permanecía entregado a todos los extremos de la más angustiosa desesperación. Otro orden de temores vino a aumentar la alarma y la confusión general. Esparciose el rumor de que los indios y los esclavos, aprovechándose de la situación creada por la catástrofe, «intentaban borrar el nombre español de Chile». «Ante este peligro, añade una relación contemporánea, el oidor don Antonio Hernández de Heredia recogió los soldados que pudo, y desenterrando las armas, puso cuerpo de guardia a las cajas reales, y mandó tapar las bocas de las acequias para que no se anegase la ciudad, cegadas como estaban por los promontorios de tierra. Al fin, amaneció a todos el día martes, y como si saliesen de la otra vida, se miraban unos a otros, sin tener qué comer, enterradas las comidas, los molinos por el suelo, y, sin poderse servir de las acequias, ciegas con tantas ruinas».
 
     El 14 de mayo fue un día del más incesante trabajo para los que habían salvado del terremoto. Mientras los sacerdotes decían una tras otras numerosas misas en el altar de la plaza, se contrajeron los demás habitantes sin distinción de rangos ni de sexos, a extraer de los escombros los numerosos cadáveres que yacían enterrados. Proponíanse con ello evitar las emanaciones pestilenciales que podían resultar de la descomposición de los muertos, y otros esperaban todavía hallar vivas a las personas queridas que no habían aparecido después de la catástrofe. Muchos de esos cadáveres estaban tan horriblemente estropeados que era imposible reconocerlos. Era preciso «detener, escribían los oidores, a los que furiosamente se arrojaban sobre los cadáveres inertes queriéndolos resucitar con bramidos como los leones sus cachorros; los huérfanos que simplemente preguntaban llorosos por sus padres, y los que peleando con los promontorios altos de tierra que cubrían sus hermanos, sus hijos, sus amigos, se les antojaba que los oían suspirar, presumían llegara tiempo de que no se les hubiese apartado el alma, y los hallaban hechos monstruos, destrozados, sin orden en sus miembros, palpitando las entrañas y las cabezas divididas. Entraban a carretadas, mal amortajados y terriblemente monstruosos los difuntos a buscar sepultura eclesiástica en los cementerios de los templos; y verlos arrojar a las sepulturas sin ceremonias, con un responso rezado, hacía otra circunstancia gravísima de pena».
 
 
     La cárcel y el hospital habían caído al suelo; pero en ninguno de esos edificios había muerto uno solo de los detenidos, «siendo la miseria de estar presos y enfermos, dicen los oidores, privilegio que los salvó de la muerte que padecieran en sus casas propias». Unos y otros reclamaban los cuidados de la autoridad. «Fue tan grande la tribulación o pasmo que impuso en todos el accidente repentino, que quedando la cárcel sin guarda, rotas las paredes, los presos se contuvieron entre sus límites sin faltar uno por más de veinte horas, sin cuidar su libertad, hasta que por no tener donde guardarlos y temer que entre las mismas ruinas cayéndose muriesen, hicimos (los oidores) visita general en la plaza y debajo de las fianzas que hallamos les dimos carcelería, y a los destinados a pena capital pusimos presos, aprisionados en el cuerpo de guardia en cepos y cadenas». Se ocuparon, además, los oidores en guardar el sello y el archivo de la Audiencia y en tomar las medidas del caso para asegurar el orden. En esos días de general consternación, se creyó necesario ahorcar a un negro esclavo a quien se acusaba de actos de violencia y de desacato contra sus amos. 
 
 
     Los regidores, por su parte, desplegaron igual actividad, trabajando hasta con sus propias manos. Mientras en una parte destruían las paredes ruinosas para evitar nuevas desgracias, en otra se limpiaban las acequias y canales, para surtir de agua a la ciudad. «Fuéronse desenterrándose los bustos de los santos de la devoción del pueblo, e hízose no pequeño reparo en que Santiago, patrón de esta ciudad, perdió la mano derecha, y san José salió sin ella, san Antonio, por voto protector de la peste, hendido y destrozado el pecho y cuerpo y san Francisco Javier». Pero todos estos accidentes y muchos otros que sería largo referir, eran explicados por la superstición popular como milagros indisputables. El terror y la turbación reducían a los desgraciados habitantes de Santiago acreerse en un mundo de maravillas y de prodigios sobrenaturales.
 
 
     Pero estos mismos prodigios y los pronósticos que se atribuían a algunos religiosos no hacían más que aumentar la alarma y el sobresalto. Al caer la noche del 14 de mayo se esparció en la ciudad el rumor de que un religioso de gran virtud había predicho que la tierra iba a abrirse y a tragarse toda la gente. La repetición de los temblores daba fuerza a aquel terrible vaticinio. La noche fue por esto mismo de angustiosa alarma. Muchas personas, extenuadas, además, por las fatigas del día, caían desmayadas sin conocimiento. Los hombres y las mujeres lloraban en medio de la más horrible desesperación. El Obispo acudió a la plaza, y desde el altar que allí se había levantado, pronunció en medio de un silencio sepulcral un largo sermón para confortar al pueblo. Decía en él que el arrepentimiento general debía haber calmado la ira de Dios, y que seguramente no sobrevendría un nuevo cataclismo. A pesar de esto, la noche se pasó en confesiones y en otros actos de devoción, como si todos esperasen la muerte por instantes.
 
 
     Los temblores siguieron repitiéndose los días subsiguientes, pero con menos intensidad, y con intervalos cada vez más largos. Entonces comenzó a conocerse la extensión del terremoto del 13 de mayo. Aunque seguramente el centro de la conmoción había sido el valle en que se levantaba la ciudad de Santiago, el sacudimiento había sido sentido en todo el territorio de Chile desde Valdivia, y fuera de él, en la provincia de Cuyo donde se habían oído espantosos ruidos subterráneos del lado de la cordillera, y en el Perú hasta la ciudad del Cuzco. Pero el territorio comprendido entre los ríos de Choapa por el norte, y de Maule por el sur, era el que había sufrido más desastrosos estragos, a punto de no quedar edificio entero. En muchas partes la tierra se había rasgado formando grandes grietas, algunas de las cuales arrojaban aguas turbias como barro diluido, impregnadas de gases mefíticos que despedían un olor insoportable. De algunos montes se «desprendieron peñascos de tal tamaño que sin encarecimiento pueden servir de cerros no pequeños donde pararon», escribía la Real Audiencia. En otras partes, se secaron los manantiales que siempre habían dado agua abundante. Computábase en más de mil el número de los muertos en todo el reino, y entre ellos algunas personas de calidad, y un número considerable de niños que dormían tranquilos a la hora del primer sacudimiento. En toda la costa, hasta el puerto del Callao, el mar, sin ningún viento, se agitó furiosamente formándose olas colosales que azotaban la tierra, como se ha observado en otros cataclismos semejantes. Seis días antes del terremoto un buque, despachado de los puertos chilenos con una valiosa carga de productos del país, fue arrojado contra unas rocas por un movimiento imprevisto de las olas en las inmediaciones del puerto de Arica, ocasionando la muerte de catorce personas que lo tripulaban y la pérdida de valores que se estimaban en más de doscientos mil pesos. Puede haber exageración en este cálculo; pero de todas maneras, esta pérdida venía a agravar las que habían sufrido los habitantes de Chile en el terremoto, y que la Real Audiencia apreciaba en dos millones de pesos.
 
Daños causados por el terremoto: primeros trabajos
para la reconstrucción de la ciudad.
 
     El gobernador don Martín de Mujica recibió en Concepción la primera noticia de la ruina de Santiago el 26 de mayo por una relación de la Real Audiencia. Inmediatamente escribió al Cabildo de la capital una carta de condolencia, característica de los sentimientos del Gobernador y de las ideas dominantes de la época. «No he podido echar de mí, decía, el horror en que me ha puesto ese estupendo y pocas veces visto castigo de la poderosa mano de Dios a que tanto ayudó la gravedad de mis culpas». Recordando que la escasez de su fortuna particular no le permitía hacer todo lo que deseaba para remediar las innumerables necesidades de la ciudad arruinada, anunciaba el envío de dos mil pesos de su peculio particular «para que en primer lugar, añadía, se mire por el sustento y habilitación de las monjas, como esposas de Dios, los pobres enfermos del hospital y demás partes que por sí no puedan ayudarse». Mujica hizo más que eso todavía: asumiendo personalmente una responsabilidad que podía serie muy gravosa bajo el régimen del fiscalismo español, puso mano en la caja del tesoro real para socorrer a los desgraciados habitantes de Santiago. «Considerando, escribía al Rey para justificar su conducta, las incomodidades de los religiosos, pobreza y falta de habitación de las monjas, necesidades y suma miseria de los pobres enfermos del hospital, mendicantes y otros muchos, sin más recursos, después de la misericordia de Dios, que la piedad y amparo de Vuestra Majestad en desdicha tan común y tan digna de pronto remedio, hice acuerdo de la hacienda con los oficiales reales de esta ciudad en que resolvimos el sacar seis mil pesos de oro que se hallaron en esta caja real para reparar las necesidades más precisas, cuyo socorro era tan inexcusable que de no prevenirlo con anticipación a la entrada del invierno que amenaza riguroso, resultarían infaliblemente de hambre muchísimos muertos y los demás inconvenientes que se dejan considerar. Y así se ha de servir la cristianísima piedad de Vuestra Majestad de tener a bien esta resolución, pues la obligaron forzosamente causas y atenciones justas como constará a Vuestra Majestad del testimonio incluso».
 
 
     La noticia de aquella catástrofe llegó al Callao el 7 de julio en momentos en que el Virrey, marqués de Mancera, tenía preparadas grandes fiestas para celebrar la terminación de las murallas y fortificaciones de ese puerto. En el acto mandó suspender todos aquellos preparativos; y tan luego como hubo despachado la correspondencia en que daba cuenta al Rey de aquellos desastrosos sucesos, volvió a Lima para preparar el socorro de los desgraciados habitantes de Chile. Habiendo juntado a los oidores de la Audiencia y a los altos funcionarios de hacienda, «y consultádoles lo que convendría hacer en la materia para algún remedio y consuelo de la aflicción en que se hallaban los vecinos y habitadores de la dicha ciudad, por entonces se resolvió que antes de todas cosas se hiciesen procesiones y rogativas públicas, y se encargase lo mismo a los conventos y religiones para aplacar la ira de Dios, Nuestro Señor». Acordose enseguida que se pidieran erogaciones al vecindario, encabezando los donativos el Virrey y los funcionarios que lo acompañaban en aquella junta. Según el documento que consigna estas noticias, en noviembre de aquel año se habían reunido 12267 pesos para socorrer a Chile; y el arzobispo de Lima, con el Cabildo eclesiástico y el clero habían colectado otros seis mil pesos que se disponían a enviar en ropa y otros objetos para socorrer a las monjas de Santiago.
 
 
     Pero estos auxilios, aparte de ser exiguos para remediar tantas necesidades, tardaban mucho en llegar. Desde el día siguiente del terremoto, los vecinos de Santiago habían comenzado a construir ramadas provisorias, aprovechando para ellas los maderos que extraían de los montones de ruinas de sus casas, con el objetivo de albergarse contra el rigor de la estación que entraba. «Todos viven, dice una relación escrita en esos días, en las huertas y solares, libres de paredes, a la protección de pabellones, alfombras, esteras, o como se han podido reparar, y el que mejoren bohíos de paja, que acá llaman ranchos». En esos primeros días se trató de trasladar la ciudad a otra parte. Los oidores de la Real Audiencia han dado cuenta de este proyecto en el siguiente pasaje de su relación citada: «Quiso la ciudad en cabildo abierto, movidos del horror de ver que sus mismas casas habían conspirado contra la vida de sus dueños, y eran ya sepulcros de ellos, y desmayada de poder remover tanto desmonte como ocupaban los sitios que fueron antes edificios de su vivienda, mudarse y salir como huyendo de su propia hacienda a buscar otro lugar donde poblarse, en que comenzaron a discurrir utilidades para su mudanza. Concurrimos (los oidores) en la plaza con el Obispo, todos los ministros reales, prelados de religiones, cabildo eclesiástico y secular, donde se confirió largamente el sí y el no, y se resolvió no convenir por entonces sino repararse contra el viento cada uno como mejor pudiese, y cuidar de reservar del hurto las alhajas, vestidos y los materiales desunidos, y buscar alivios de conservarse y no perderse, y amparar las monjas, las religiones, los pobres, los huérfanos, los desvalidos, y componer la república de modo que no se acabase totalmente». Esta resolución que se creería inspirada por el apego de los pobladores al suelo en que habían nacido y vivido, obedecía, sin embargo, a sentimientos de otro orden. Casi todos los solares de la ciudad estaban gravados con fuertes censos a favor de los conventos y de otras instituciones religiosas que procuraban a éstos una renta considerable. La traslación de la ciudad, dejando sin valor alguno esos solares, habría producido su abandono definitivo y privado a los conventos de una buena parte de sus entradas. La Audiencia, obedeciendo a las ideas religiosas de la época, apoyó decididamente al Obispo y a los frailes en sus gestiones; y quedó resuelto que la ciudad se reconstruiría en el mismo sitio.
 
 
     A fin de alejar todo nuevo pensamiento de traslación, la Audiencia y el Cabildo desplegaron la mayor actividad para demoler las paredes ruinosas, remover los escombros, dejar corrientes las acequias de la ciudad y, por fin, para levantar edificios provisorios en que pudieran funcionar las autoridades civiles, trabajando, al efecto, los oidores y los regidores de día y de noche. Con el mismo empeño se dio principio a la reconstrucción, también provisoria, de las iglesias y de los conventos. En el sitio en que había existido la catedral, se levantó en menos de cinco meses un templo de ciento cuarenta pies, y dotado de cuatro altares, todo construido con las tablas que pudieron extraerse de las ruinas de las casas reales. Esa iglesia fue abierta al culto el 1 de septiembre. Las casas de los vecinos, improvisadas aún más de carrera, no pasaban de humildes chozas que les sirvieron de abrigo en ese invierno. Durante muchos meses, la ciudad presentaba el aspecto de un campamento.
 
 
     Las desgracias de los miserables pobladores de Santiago no cesaron con esto solo. «Con las lluvias que a 23 del mismo mes comenzaron, escribe la Real Audiencia, las alhajas (muebles) enterradas se pudrieron, las trojes se corrompieron, las bodegas de vino se perdieron y las semillas todas de nuestro alimento se estragaron, si bien se puso tanto cuidado en preservarlas por esta Audiencia que gracias a Dios no se padeció hambre ni sed, porque con toda presteza que se pudo se dio orden a despejar las acequias y poner corrientes los molinos y hornos, aquéllas para que soltándolas por medio de las calles se llevasen las inmundicias de animales muertos y corrupciones de otras especies despedidas de las casas caídas, y abriesen paso por donde penetrar y andar sin estorbo, y éstos para que se pudiese moler y amasar, y estuviese la ciudad abastecida de pan y carne, que si bien se pretendió subir el precio en la carne por falta, y se insistió en ello por los que se hallaron sin ganado para venderle atento a la carestía, esta Audiencia lo defendió con penas y particular desvelo porque no se engrosasen con la calamidad común y pereciesen los pobres añadiéndoles más costo a sus alimentos, y se consiguió de manera que estuvieron los puestos y carnicerías abastecidas suficientemente, para que a ninguno le faltase». Estos afanes no fueron la obra exclusiva de la Audiencia; el Cabildo puso también el más celoso empeño en todo aquello que propendía a establecer el orden regular en la población, a apartar las ruinas que cubrían sus calles y a proveer a sus habitantes de los víveres indispensables.
 
 
     Pero aquel invierno fue excesivamente riguroso. Cayeron lluvias torrenciales acompañadas de truenos y de relámpagos, y una nevada que duró tres días continuos. Los ríos se desbordaron en algunas partes causando grandes pérdidas de ganado, a punto de computar la Audiencia en sesenta mil el número de cabezas arrastradas por las inundaciones que tuvieron lugar en el partido de Colchagua durante el mes de junio. Los trastornos atmosféricos ocurridos en medio de los temblores ligeros o intensos que no dejaron de experimentarse en todo un año con intervalos más o menos cortos, y dos y tres veces al día, durante los primeros meses, contribuían a mantener el terror entre aquellas gentes afligidas por tantas desgracias que avivaban su natural superstición.
     El exceso de trabajo, las angustias originadas por la catástrofe, la humedad y el desabrigo, que debían pesar particularmente sobre las clases inferiores, indios y negros, reducidas a un mayor desamparo, produjeron una terrible epidemia que causó más víctimas que el mismo terremoto. «Comenzó, dicen los oidores, el contagio de un mal que aquí llaman chavalongo los indios, que quiere decir fuego en la cabeza, en su lengua, y es tabardillo en sus efectos, con tanto frenesí en los que lo padecieron que perdían el juicio furiosamente. Ésta ha sido otra herida mortal para esta provincia. Tiénese por cierto que se ha llevado otras dos mil personas de la gente servil, trabajada y la más necesaria para el sustento de la república, crianzas y libranzas; y como ya no entran negros por Buenos Aires, con la rebelión de Portugal, además de lo sensible de la pérdida, se hace irrestaurable en lo de adelante».
 
Después de muchas peticiones, el Rey exime de tributos
a la ciudad de Santiago durante seis años
     Los auxilios de dinero dados por el Gobernador de su propio peculio o del tesoro del Rey, y los enviados del Perú para socorrer a los habitantes de Santiago, habían sido destinados casi en su totalidad a la construcción de templos y de conventos, o a favorecer a las monjas y a los religiosos. Sólo una mínima parte había servido para satisfacer las más premiosas necesidades de las clases indigentes. Pero desde los primeros días se había pensado en dispensar alguna protección de un alcance más lato y general. El gobernador Mujica, en la primera carta que escribió al Cabildo para expresarle el dolor que le había causado la catástrofe, le decía lo que sigue: «Con el despacho para España a Su Majestad he esforzado sobre lo que antes tenía representado y explicado, se sirva de quitar todo género de imposición a este reino que tantas causas tiene para ello, particularmente hoy con los imposibles que ofrece la ruina y asolación de la mayor parte de él, para tolerar tantas cargas en trabajos tantos. Y me queda la esperanza cierta de que la atención y gran cristiandad del celo de Su Majestad, que Dios guarde, ha de concedernos merced tan justa, en que yo seré tan interesado».
     Se comprende fácilmente que en los primeros días que siguieron al terremoto, se suspendió naturalmente y por la sola fuerza de las cosas, la percepción de impuestos en el distrito de Santiago, como se suspendió casi todo comercio y casi todo litigio. Pero desde que comenzó a restablecerse la tranquilidad, y el Cabildo volvió a celebrar sus sesiones en el mes de junio, primero en la plaza y luego en una construcción provisoría de madera, principió a tratarse de nuevo de estos negocios; pero para tomar una resolución definitiva, se esperaba el arribo a Santiago del gobernador Mujica, a quien se había llamado con instancia. Retenido en Concepción por las lluvias incesantes de aquel riguroso invierno, don Martín de Mujica sólo pudo llegar a la capital en los primeros días de octubre, y fue instalado en las salas provisorías que el Cabildo acababa de construir para celebrar sus sesiones. Él mismo se ha encargado de dejarnos la dolorosa impresión que le causó el aspecto de la desolada ciudad. «No sólo, dice, hallé ciertas las relaciones que me habían hecho, sino que con exceso era mayor la calamidad, faltando explicación de palabras a lo que reconocí por los ojos; y que además de no haber quedado templo, casa, ni edificio por suntuoso o por fuerte que no se hubiese arrasado, con muerte de tantas familias, esclavos y gente de servicio, y por haber sido la ruina a la entrada del invierno, que en estas provincias son rigurosos, cogiendo las aguas, las nieves y el hielo a los que habían escapado desnudos en campaña, sin tener chozas ni albergue en contorno de muchas leguas donde acogerse, sobrevino una pestilencia en ellos de que murió gran número de personas nobles y el resto de los esclavos y gente de servicio que les había quedado, con que los más esforzados hasta entonces perdieron la esperanza de su restauración».
 
     Desde que el Gobernador estuvo en Santiago, volvió el Cabildo a agitar con mayor empeño la discusión de los arbitrios propuestos para aliviar de alguna manera la miserable situación de sus habitantes. Reducíanse éstos principalmente a la supresión de los impuestos fiscales que en aquel estado de cosas no sólo eran insoportables sino imposibles desde que el vecindario no podía pagarlos. El gobernador Mujica conocía perfectamente la justicia de esta petición y, aun, se había adelantado al Cabildo para representar al Rey la necesidad de moderar unos impuestos y de suprimir otros; pero no se atrevía a tomar por sí solo una determinación que estaba en pugna con el espíritu desplegado por el Rey en los últimos años para procurarse entradas a todo trance. «Consulté, dice él mismo, este pedimento con la Real Audiencia en acuerdo general de hacienda con vista del fiscal, y aunque se reconoció que las causas son justas, la desproporción notable y grande la imposibilidad, y que de verdad y en el hecho no se podrían cobrar de los vecinos aunque se quisiese estos derechos, como la necesidad lo persuadía, de manera que era justicia manifiesta concederlo y la misma imposibilidad lo tenía concedido, viendo que tenía dificultad el poderlo hacer este gobierno y Audiencia en que la regalía de quitar tributos no reside, se determinó que ocurriese la ciudad con estos fundamentos al virrey del Perú para que en virtud de la facultad que tiene de Vuestra Majestad proveyeselo que más se ajustase al real servicio de Vuestra Majestad y alivio de todos sus vasallos».
 
     Llevado este negocio ante el virrey del Perú, celebró este alto funcionario una junta de hacienda con asistencia de los oidores de la audiencia de Lima y de los ministros del tesoro el 25 de noviembre de 1647. Impuestos de todos los antecedentes, de las cartas del gobernador de Chile y de las representaciones del cabildo de Santiago, «pareció a todos los dichos señores, dice el acta de aquella reunión, que atenta la imposibilidad en que se hallan los vecinos de la dicha ciudad y su distrito de pagar por ahora contribución ni imposición alguna por la última necesidad y miseria en que se hallan, y que en tal caso, conforme a derecho, deben cesar, y que a Su Excelencia (el Virrey), como quien representa la persona de Su Majestad toca esta declaración, y que debe entenderse que, con su acostumbrada benignidad y piedad, se sirviera de ordenar lo mismo si fuere consultado, y que si se esperara hacerlo, demás de no poder cobrarse, se daría ocasión a que perecieren los dichos vasallos y desamparasen aquellas provincias, puede y debe Su Excelencia relevarles por ahora, entretanto que Su Majestad, con noticia de todo, provea lo que más convenga, de la paga del derecho de alcabalas y unión de armas, almojarifazgo y asimismo del papel sellado, que, por estar en dicho estado la tierra, habrá muy poco en que ejercitarse». El Virrey, marqués, de Mancera, sancionó este acuerdo.
 
     Entretanto, el cabildo de Santiago, antes de conocer esta resolución, no se había dado por satisfecho con el resultado de sus gestiones. Creía que el gobernador Mujica debía por sí solo haber hecho más amplia concesión a sus reclamos. Esperando obtener del Rey mayores gracias y favores, el Cabildo acordó en noviembre enviar a España dos apoderados que haciendo la relación cabal de las desgracias del reino, solicitasen la sanción de todo lo que había pedido. Pero entonces se tropezó con una dificultad insubsanable. El Cabildo no tenía ni podía procurarse los recursos indispensables para costear el viaje de sus apoderados. En tal situación, fue necesario enviar los poderes de la ciudad al padre jesuita Alonso de Ovalle, chileno de nacimiento, relacionado con las más altas familias de este país, que se hallaba en Europa representando los intereses de la Compañía de Jesús. Esta elección era muy acertada, porque la inteligencia y el celo del padre Ovalle eran una garantía de que desempeñaría su comisión del mejor modo posible, y sin imponer a la ciudad los gastos de viaje que habría ocasionado el envío de otros apoderados.
 
     Pero los capitulares de Santiago se engañaban grandemente cuando creían que la relación de las desgracias de Chile iba a producir una gran impresión en la corte de Felipe IV. Atravesaba entonces España una situación que puede llamarse terrible. Envuelta en guerras costosísimas contra casi toda Europa, y exhausta de recursos para mantener sus ejércitos, sufría en esos momentos todas las consecuencias del mal gobierno que la llevaba a la más desastrosa decadencia y postración. Una descabellada conspiración descubierta poco antes, y la reciente insurrección del reino de Nápoles, junto con todas aquellas graves complicaciones interiores y exteriores, preocupaban de tal manera a la Corte que las ocurrencias de las colonias del Nuevo Mundo casi no llamaban la atención de nadie. La noticia del tremendo terremoto que había destruido la ciudad de Santiago y arruinado el reino de Chile, pasó casi desapercibida. Cuando el Rey tuvo noticia de estos desastres, y vio las peticiones que se le hacían, manifestó muy fríamente su deseo de socorrer a los miserables habitantes de este reino. En una cédula dirigida al cabildo de Santiago, con fecha de 20 de agosto de 1648, se limitaba a decir estas palabras: «Envío a mandar a mi Gobernador y Capitán General de esa provincia y a mi Audiencia Real de ella, vean qué medios y arbitrios podrán beneficiarse en esa provincia para que, con lo que fructificasen, se pueda acceder en parte al remedio de necesidad tan urgente, porque no recaiga todo sobre mi real hacienda». Lo que el Rey quería, ante todo, era evitar gastos a la Corona.
 
     Pero antes de mucho llegaron a España nuevas y más premiosas peticiones del cabildo de Santiago. El apoderado de esta corporación, el padre Alonso de Ovalle, hacía también empeñosas diligencias para obtener la suspensión de todo impuesto fiscal en el reino de Chile. Su demanda estaba apoyada por el virrey del Perú que, como se recordará, había suspendido provisoriamente en noviembre de 1647 aquellas contribuciones. Al fin, el Rey, previo el informe del Consejo de Indias, expidió en 1 de julio de 1649 una cédula con que creía dejar satisfechos a sus vasallos de esta desventurada colonia. «Por la presente, decía, hago merced a los vecinos y moradores de esa ciudad de Santiago de que, por tiempo de seis años, sean libres de la paga y contribución de los derechos de alcabala y unión de armas, y de todos los demás tributos y imposiciones que antes pagaban y me pertenecían por cualquier causa, y que, por el mismo tiempo, sean libres de los derechos de salida y entrada todos los frutos y mercaderías de esa tierra que se hubieren de consumir en la dicha ciudad, o se sacaren por los puertos de su jurisdicción para el Perú y otras partes». Esta concesión, que con justicia podría calificarse de mezquina, era, sin embargo, todo lo que permitía hacer la situación del tesoro. En su angustia de recursos, Felipe IV intentaba todavía, pocos meses más tarde, restringir aquella gracia que había acordado con tanta dificultad.
 
 
Otros arbitrios propuestos para remediar la situación: 
reducción de censos, supresión de la Real Audiencia
 
     En Chile, los vecinos y el gobierno habían propuesto otros arbitrios para remediar la miseria general. Uno de ellos era la suspensión de los censos que gravaban las propiedades urbanas en favor de los conventos, y cuyo valor total se hacía ascender a cerca de un millón de pesos. Pretendían los poseedores de las propiedades acensuadas que, habiéndose disminuido el valor de éstas con la destrucción de la ciudad, esos censos debían suprimirse o, a lo menos, reducirse en relación de la baja del precio. Muchos vecinos se mostraban dispuestos a abandonar sus solares, cuyo valor estimaban en menos que el de los censos; y casi todos ellos se resistían a reedificar sus habitaciones mientras no se les declarase libres de aquella pesada obligación. Este asunto, a pesar de la intervención del Cabildo en favor de los vecinos, debía resolverse ante la justicia ordinaria. El gobernador don Martín de Mujica interpuso sus buenos oficios para llevar a las partes a un avenimiento. «Atendiendo, dice, a que esta materia diferida a litigio se haría inmortal, y serían más las costas que la victoria del suceso, y en el ínterin se empeorarían de raíz los pocos materiales que se podían aprovechar, y la ciudad estaba entretanto sin forma de república política, procuré en junta general y cabildo abierto, presente la Audiencia, persuadirlos a que conviniesen entre sí en un compromiso o transacción en que asegurasen algo por no perderlo todo; medio que me pareció el más suave por su brevedad, y el menos costoso para sus caudales. Y de la junta resultó el convenirse en la manera que verá Vuestra Majestad». El arreglo se reducía a constituir dos tribunales arbitrales, uno compuesto del Obispo y del oidor jubilado don Pedro Machado para resolver acerca de las obligaciones espirituales que imponía la fundación de los censos, y otro de los oidores de la Audiencia para las temporales(491). Ante ellos debían ventilar los censualistas y los censatarios sus respectivos derechos, y celebrar transacciones equitativas. Parece que la base de la mayoría de éstas fue el rebajar al tres por ciento el interés de cinco sobre que se habían fundado los censos, y que esta rebaja estimuló a los propietarios a reedificar sus habitaciones.
 
 
     Notose entonces escasez de trabajadores para la reconstrucción de tantos edificios. Había en Santiago algunos indios originarios del Perú o de Tucumán que ejercían oficios de zapateros o de sastres; y se propuso que se les prohibiese trabajar en esos oficios y se les obligase a servir en las obras de construcción. Según la opinión de la Audiencia, «no es extraño de derecho compeler a las personas viles o serviles, ociosas y vagabundas a que sirvan a la república en cierto ministerio apto según su condición y necesidad pública para conservar el bien común»; pero se usó con mucha cautela de este pretendido derecho, por temor de que esos indios se fugaran de Chile. Empleáronse, en cambio, otros arbitrios, como sacar del ejército a los soldados que pudiesen servir en esos trabajos, conmutar las penas impuestas a ciertos criminales por la obligación de tomar parte en ellos, y traer a Santiago indios de los distritos vecinos. Pero estos arbitrios remediaron en pequeña escala la escasez de trabajadores.    El gobernador Mujica, en los primeros días que siguieron a aquella catástrofe, había propuesto al Rey otro arbitrio para remediar en parte la pobreza general que aquélla había producido. «Cuando fui a recibirme de presidente, escribía con este motivo, reconocí muchas causas suficientes para escusar la Real Audiencia de este reino, pues cuantos pleitos ocurren de su jurisdicción, así los que tocan al real fisco como a pedimento de partes, todos son sobre amparo de indios, mensura de tierras y cosas de tan poco momento, que tuve mucho que admirar considerando el gasto grande que tiene la hacienda real de Vuestra Majestad en sus ministros, como los empeños que a los vecinos resultaban sobre tanta pobreza en el lucimiento que ocasiona la autoridad de la Audiencia, y los salarios que continuamente pagaban a letrados, formando pleitos eternos sobre materias de muy poca entidad, y lo que más de sentir es, obligando la asistencia personal del litigio a faltar a sus estancias y los gastos que de asistir en la Corte resultan. Y finalmente, cuando la Audiencia debía ser causa de evitar pleitos, reconocí que sólo servía de que se siguiesen pleitos y ruidos, que a no haberla, sin duda se excusaran, y la justicia del pobre tuviera su lugar, porque como le falta caudal para derechos de abogacía y otros, y no tienen con qué comprar papel sellado, ni introducción para hablar con los oidores y representar su razón (no porque ellos se le nieguen sino porque su cortedad y miseria le embarazan), perece totalmente, y el rico consigue cuanto pretende porque para todo tiene diferentes comodidades. Hoy se acrecientan a las referidas causas las calamidades en que se ve esta miserable república, sin recurso humano a la reparación de ellas, y la Real Audiencia sin casas en que administrar justicia, sin cárceles, ni cajas reales. No se puede reedificar en muchos años por la suma pobreza de la ciudad, y sería de mayor importancia el costo de estos edificios que todos los derechos que a Vuestra Majestad puedan pertenecer en muchos años, cuanto más siendo universal la asolación y tan intolerable, como tengo representado a Vuestra Majestad, el servicio de unión de armas y papel sellado». El Gobernador terminaba proponiendo que se encargase de nuevo la administración de justicia a los alcaldes ordinarios y a un teniente gobernador, como un medio de ahorrar grandes gastos a la Corona y de aliviar a los vecinos de las cargas impuestas por la costosa prosecución de juicios ante la Audiencia. Esta proposición no fue atendida, indudablemente por motivos de orden político.
 
 
Las causas del terremoto según los teólogos de la época
 
     La catástrofe de 13 de mayo de 1647 tuvo otras consecuencias económicas y sociales de menor importancia; pero produjo un aumento de devoción religiosa que dejó recuerdos duraderos en la tradición y en las prácticas de la vida colonial. La superstición popular veía un milagro evidente en cada uno de los accidentes del terremoto. Cada convento exhibió la imagen de uno o de algunos santos salvados de la ruina de las iglesias por algún prodigio portentoso. Nacieron de aquí fiestas y procesiones, que preocuparon a la ciudad durante mucho tiempo.
 
     De todas esas imágenes, fue el crucifijo de san Agustín, llevado a la plaza la noche del terremoto, la que alcanzó más veneración y respeto. Fue en vano que los jesuitas sacaran de las ruinas de su iglesia otro crucifijo, del cual se contaban milagros más portentosos. Referíase que las piedras caídas de las paredes le rompieron los brazos y le infirieron en la cabeza una herida de que manó sangre verdadera que bañó su rostro, pero que, a pesar de todo, y por un prodigio sobrenatural, se mantuvo derecho en la cruz, sujeto sólo por el clavo de los pies. El pueblo que no dudaba de este milagro, dio, sin embargo, la preferencia al crucifijo de san Agustín; y en su honor se instituyó que cada año, el día aniversario del terremoto, se le haría una solemne procesión, que hemos visto perpetuarse hasta nuestros días.
 
     Habría sido curioso estudiar los efectos geológicos del terremoto del 13 de mayo de 1647. Todo hace creer que produjo un solevantamiento de la costa, más sensible quizá que los que han producido otros cataclismos de la misma naturaleza. Aunque los fenómenos de esta clase no exigen del observador ni una gran sagacidad ni mucha ciencia, parece que nadie fijó su atención en ellos, puesto que ninguna relación nos ha dado la menor noticia. En cambio, los contemporáneos de esa catástrofe se ocuparon mucho en discutir con el criterio de las ideas teológicas de la época, las causas que la habían producido. Para el mayor número de ellos, para el gobernador Mujica, para casi todos los predicadores que hicieron tronar los púlpitos improvisados en medio de las ruinas, el terremoto era una manifestación de la ira de Dios para imponer un justo castigo al pueblo de Santiago por sus grandes culpas. «Castigo justo de la mano de Dios, decían los ministros del tesoro en la relación que enviaron al Rey, pero benigno y misericordioso según nuestros grandes pecados». Otro contemporáneo célebre, el padre Rosales, sostenía que los temblores de tierra son de dos clases diferentes. «Unos, dice, suceden por particular voluntad de Dios y para castigo de culpas. Otros suceden por varias causas naturales, dejándolas Dios obrar para ostentación de su poder y aviso de su justicia, contando con ella su misericordia». El terremoto del 13 de mayo pertenecía, según él, a este segundo género. Esta opinión no ha sido seguida por los cronistas posteriores.
 
 
     Pero quien ha discutido más prolijamente esta materia es el obispo Villarroel. Pasa en revista la devoción de los habitantes de Santiago, las prácticas religiosas a que vivían consagrados, la abundancia de cofradías, la frecuencia de confesiones, el celo piadoso del clero y de las monjas, y declara que «conforme a buena teología y a la ley de Dios, sería pecado mortal juzgar que sus delitos asolaron este pueblo».Sin embargo, en otros pasajes de su libro sostiene que es muy peligroso que los ministros legos pongan la mano en los negocios eclesiásticos, y que en muchas ocasiones tales avances han sido castigados por Dios con graves terremotos. Según este criterio, si el temblor del 13 de mayo fue preparado por la cólera de Dios para castigar a los hombres, no fue por los pecados de éstos, sino por las competencias que el poder civil había tenido en los años anteriores con los obispos, y principalmente con el iracundo don fray Juan Pérez de Espinosa, muerto hacía más de veinte años, dejando la reputación de haber sido el prelado más pendenciero de esta diócesis. Las páginas del obispo Villarroel que recordamos, son un reflejo fiel de las ideas que acerca de prerrogativas eclesiásticas dominaban en el clero de esa época.
 

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