martes, 6 de diciembre de 2011

La palabra, oxígeno del intelecto (Segunda Parte)




*Muchas veces utilizamos las palabras y el lenguaje en general con el fin de ocultar una realidad, una temática sobre la cual reflexiona nuestro colaborador Horacio Flores Serrano.


No podemos jactarnos de éxitos en la conducción personal y colectiva de nuestras vidas y sí debemos reconocer que intentamos corregir errores cometiendo otros mayores. Distorsionamos el recto uso de los vocablos

Hablamos de valores fundamentales: Amor, verdad, respeto. Practicamos: Odio, mentira, desprecio. ¿Excepciones? Afortunadamente las suficientes para que la humanidad exista hasta el día de hoy.

Vamos a mostrar un trastorno de valores cuya corrección mostraría un valioso intento de emplear el sencillo sentido común en beneficio de la vida colectiva, en la búsqueda de la verdad y el respeto, en la real práctica del amor.

Mujeres, la mayoría jóvenes y algunas ya maduras han buscado trabajo honrado y útil a usted, a mí y a todos en lugar de comerciar drogas, robar o venderse; el trabajo conseguido, después de buscar en variados campos, resulta ser uno despreciado por la colectividad y para realizar una labor absolutamente necesaria, honrada y digna prefieren dificultar que las miren, conozcan o reconozcan, usando gorros con largas viseras, pelo largo que caiga por los costados ocultando las mejillas y mirando a través de lentes muy oscuros. ¿Qué hacen tras este ocultamiento? Barren veredas, plazas, parques. Meditemos ¿Qué ocurriría si nadie acepta realizar estas funciones. Al cabo de poco tiempo caminaríamos sobre cerros de basuras y luego ésta no nos permitiría salir de casa. ¿Les significa, sufrir la vergüenza de que las vean barriendo y empujando un carro colector de basuras, una renta suficiente para sus necesidades personales y familiares? No, nada de eso, Apenas un salario mínimo. Por favor: no tome con frialdad la expresión “salario mínimo”, significa un poquito más que nada para todas las necesidades de uno o de varios seres humanos a los que el destino designó “de extrema pobreza”.

Otra Cara, el reverso: Un elegante edificio con exhibición insolente de inversión de muchos cientos de miles de salarios mínimos proclama que es un Instituto de Medicina y Cirugía correctora de la apariencia humana. Hacen maravillas mejorando rostros y aumentando volúmenes corporales y a los bolsillos de todos los que laboran ahí entran cantidades que son salarios mínimos multiplicados por diez, cien y miles de veces el ya citado sueldo de los pobres. A estos los dejamos cumpliendo una tarea imprescindible, sin ellos la civilización terminaría sepultada por su propia producción de basura
Aquellos, los otros, quedaron falsificando apariencias humanas para que sus atendidos luzcan diferente a lo que son; lógicamente la civilización seguiría absolutamente igual si los correctores no existieran. Estos se llevan el aplauso y la admiración y ellas la vergüenza de ejecutar una labor de primera importancia.

La idea está expuesta y nos parece que con la claridad necesaria pero no podemos vencer la tentación de usar los derechos que el diccionario nos confiere al registrar vocablos considerados de mal gusto.
Ya que disfrutamos la falsificación de culos y tetas infladas con silicona mostremos gratitud y si nos es posible obsequiemos un chocolatito o un pequeño paquete de galletas a estas esforzadas y valerosas mujeres que contribuyen a que vivamos en ambientes más limpios y bellos.

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